viernes, 1 de junio de 2007

Un día con boina blanca





Topolobampo, Sin, Io de junio.- Los festejos del Día de la Marina comenzaron desde el jueves por la noche, cuando cuando los porteños coronaron a Shirley Gámez Araujo, convirtiéndola en la encarnación de la “estrella de mar”, aquella que indica a los marineros su posición con respecto a la tierra.
La mañana de ayer, entonces, se vio fulminada por los rayos verticales de un sol esplandeciente.
Al filo de las nueve las autoridades del puerto, municipio y de la Marina tomaron sus puestos en una mesa de honor frente a los cadetes de la brigada local en la explanada de la Capitanía de Puerto.
Frente al micrófono, el Contralmirante Javier Ballesteros Castro, rememoró la histórica nacionalización de la flota, cuando el ex presidente Venustiano Carranza puso en manos de los mexicanos las labores nacionales y expulsó a los extranjeros, mediante la expedición del artículo 32.
La voz del contralmirante se escuchó nítidamente teniendo como trasfondo el canto lánguido de palomas en los tejados del edificio. En ese momento la fusilería y las trompetas de los cadetes emitieron destellos bajo el sol de un mayo candente, victimizado por el calentamiento global.
El ex presidente Manuel Avila Camacho –continuó el contralmirante- estableció el Día de la Marina para estimular los esfuerzos de los oficiales del mar.
Por su parte, El Capitán del Puerto, Alejandro Lima Hidalgo felicitó a los marinos después de referirse a las obras y al progreso de Topolobampo.
El presidente municipal de Ahome, Policarpo Infante Fierro –asimismo- pronunció un discurso breve y emotivo en reconocimiento de quienes trabajan en el mar.
En un espacio dentro de un programa de rigor las voces frescas del coro del profesor Lázaro Corral Valenzuela entonaron el himno nacional mientras al mismo tiempo que las palomas continuaban sus cánticos guturales desde el techado, y los cadetes de la brigada permanecían estoicos bajo los fulminantes cañonazos solares.
El sol estaba atronador. Los invitados de honor se guarecieron bajo las carpas blancas de la Api –Agencia Portuaria Integral- cuando el gobierno reconoció a los trabajadores que han permanecido en sus labores: Jacob Pérez Arrollo, Enrique Aguirre Sánchez, Jesús Estrada Fierro, Francisco Cota Walter, Heriberto Manjares Cruz, Jesús Manuel Cervantes Bojórquez. Para ellos, la brigada tocó un “Tres de Diana”.
Luego la voz dramática de la joven Cintya Luna hizo vibrar a la audiencia declamando el poema Llegarás, de Yolanda Valenzuela: “¿Qué estás haciendo allí, de pie en la orilla del mar? Lanzarte a ella te gustaría y a otro puerto poder llegar?
“Vamos, corre hacia el muelle, allí encontrarás la barca que a tu destino te llevará.
“Eleva el ancla, toma el timón y adéntrate a la mar respirando la brisa, sintiendo como penetra todo tu ser.
“Mira hacia arriba donde las gaviotas vuelan y cantan pregonando su libertad...”
Estuvieron presentes los funcionarios del gobierno: representes de Pemex, sector naval, síndico, el presidente municipal, representantes de las asociaciones comerciales y políticas; amigos, familiares y prensa.
En la terraza de la sindicatura del puerto, el pueblo se concentró para observar desde allí las maniobras de los barcos sobre el agua de una bahía plácida y vibrante.
Los porteños estuvieron esperando el momento más sublime de cada año: cuando las coronas de flores caen al mar y navegan como las almas que han perecido en sus profundidades. Es un acto tradicional que ejerce –empero- un renovado sentimiento de tristeza.
Al filo de las nueve y media la comitiva oficial se encaminó hacia el muelle para abordar el barco. Todo iba a pedir de boca hasta el momento en que el contra almirante Ballesteros –la máxima autoridad naval- ejecutó un salto para no caer al agua cuando se rompió la escalerilla en que subía a bordo.
Este fue un acto de acrobacia que nadie ignoró, pues es de rutina que un soldado toque un silbido y anuncie el nombre de la máxima autoridad antes de tenerlo a bordo. Así que cuando la portentosa voz del cadete cumplió con las ordenanzas, todo el mundo se dio cuenta. Se oyó el crujido de las escalerilla y, en medio de la expresión generalizada de susto, el contralmirante –un hombre que sobrepasa los cincuenta años- saltó a la plataforma del barco como un atleta de 20.
Los subalternos se apresuraron, cambiaron la escalerilla oficial por una de madera con bordes carcomidos, y por allí subieron los demás personajes importantes de la comitiva, entre ellos, el presidente municipal y su esposa.
Por su lado, Shirley Gámez, la reina de la Marina, una muchacha de 17 años, hizo esfuerzos por sonreír. Sometida a los pliegues de organza de su vestido rojo en un día candente, el peso de una corona que le ceñía la sienes y un centro que le resultaba incómodo cuando precisaba las manos para asirse, estaba de mal humor. Además, reprochó su doncella, cómo es posible que la ignoren y que sean ellos quienes arrojen las coronas al mar y no la reina, como es la costumbre.
Un desfile de embarcaciones encapotadas con banderines de colores llenó el escenario de las bahías. Sobre los dos buques de Pemex: el 53 y el LVI iban los invitados del puerto, gente asidua a las conmemoraciones de la marina, cuyo hijo o esposo tuvo algo que ver con el mar, aquél que quiso ir a recordar al hermano caído o al padre desaparecido.
Sin embargo, como fondo de un ceremonial luctuoso, la banda sinaloense dio al traste con el formalismo tocando alegre en las plataformas de las naves, animando un día que no descansaría hasta invocar una noche de rabia festiva.
Eran las once de la mañana cuando las coronas de flores navegaron en el mar. El presidente municipal, Policarpo Infante, a bordo del patrullero Arm Ortiz, se acercó a la borda y arrojó una rueda. Pero al momento que en que cayó, la corona ya había virado en el aire y sólo se veía la carátula blanca de su base flotando en las aguas.
Uno de los marinos de una lancha auxiliar se acercó lo suficiente, se avalanzó sobre la borda y la volteó al momento que se escucharon los aplausos del público que había esperado pacientemente este momento, sentada en la terraza de la sindicatura.
Los barcos ya habían cumplido con su recorrido: un trayecto de ida y vuelta hacia la boca de la bahía de Ohuira, los pasajeros habían admirado las gaviotas pescar y los juguetones delfines ganar la carrera contra la proa de las embarcaciones. También un helicópetero y dos aviones fueron avistados en pleno vuelo abrazando los aires frente a los cerros.
Fue un día de duelo, de conmemoración, de respeto sin menospreciar el carácter de la gente del mar, aquella arrojada a la alegría de una vida que se renueva los 365 días del año con la vista llena de sal y agua-0-.

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